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    Sobre el proyecto El Paisaje de Chile de Sofía del Pedregal

    Carol Illanes, 2015


    Lo que usted está viendo es un álbum. Un objeto compuesto por una recopilación cuidada, que sigue una estirpe, una cierta categorización y un inicio y un fin. Abierto, porque la cualidad del álbum es que puede continuar infinitamente, esto lo diferencia de un atlas o un libro; mientras el primero representa una cosa, el segundo contiene otra, algo que está afuera, en el mundo o en la interioridad del pensamiento creativo. Pero, deducimos, dado a que este particular álbum no sabemos si puede estrictamente ser continuado hasta el infinito, tiene algo de ambos. Lo que podría juntar esas tres cosas sería aquello que conocemos como “libro de artista”. Pero es un álbum, que pone en tensión una imaginería que mientras no podamos descifrar, no sabremos si puede ser completado por alguien más a que quien lo elaboró.

    Somos sometidos mediante este objeto a una expedición desconocida de imágenes. Cuya mirada, contaminada por la necesidad de historia, de contenido, que le de sentido al tiempo que invertimos observándolo, es presa de una fractura epocal; la conciencia retórica del lenguaje de la historia con mayúscula a la que pensaba podía escapar. Esa fractura epocal generó la frenética musealización del pasado, usando las palabras de Andreas Huyssen, una consecuencia coherente a la explosión de posibilidades que la misma historia desconocía, autorizando ahora el arbitrio total de cualquier relato, ninguno más válido que otro, ninguno más digno y necesario que otro. La “fiebre de archivo” (Derrida) y el “boom de la memoria” (Koselleck) son efectos de ese fracaso de la ciencia de la historia que, como dice Sergio Rojas, en la que el pasado “no cabe”. Por eso una colección de imágenes junto con representar soberanía hacia uno de esos tantos pasados, en nuestro tiempo es también síntoma de deseo y delirio.

    Este álbum es entonces un archivo personal, literalmente hecho a mano, para contener un registro. El álbum está hecho para activar en alguien el mecanismo del recuerdo, a la vez que lo musealiza. Tiene capítulos, diferentes tipologías de imágenes, intervenciones y recreaciones de las mismas, que interrumpen la linealidad material asociativa. ¿Qué es precisamente lo que contiene?, es decir, no solamente nos preguntamos de dónde provienen las imágenes y cómo se presentan acá, sino qué es lo que quiere decirnos del coleccionista, de nosotros y de él mismo, como objeto. Las imágenes corresponden a lugares específicos. La serie de Farnesios, mostrada algunas veces más parcial o fragmentariamente que otras, se repite, nos da una primera pista, el Museo Histórico Nacional. Son interrumpidas por bloques de papel que no permiten ver la totalidad del motivo. Pero no importa. Ya tenemos algo, porque el capítulo siguiente también es un museo, el de Historia Natural, pero estas imágenes están borrosas, provienen de fotografías capturadas en este triste edificio. Aquí ya no son interrumpidas por bloques, los bloques se encuentran acompañando las imágenes, auxiliando otra imagen que nunca llegó. Las siguientes son escenas cuyo origen ya no podemos descifrar con, son construidas, contrastan el banco del fondo que cambió de nuevo con este capítulo. Estas hay que mirarlas de cerca, no es fácil distinguir lo que contienen. Luego, aún más comprimidas, aparecen miniaturas de nuestros paisajes chilenos. Pero nuevamente nos preguntamos ¿qué es lo que contiene? ¿Qué quiere decirnos? Es una composición que tiene su propio formato, vemos cálculo y decisiones precisas, una coherencia interna y una lógica por lo menos aparente. Sin saber si este álbum quiere engañarnos al respecto o quiere disuadirnos, vemos un control. Control y arbitrio, en los procedimientos y en el orden de las imágenes.

    Sabemos de la primacía de la tensión moderna entre tiempo e historia, esta determinó y determina hoy la forma en la que esbozábamos las expectativas de futuro, y la melancolía del pasado. Pero recordamos dos reglas, no solo señaladas sino que performativizadas acá, hechas objeto; un complejo de dos tiempos referidos. Las temporalidades paralelas, la del motivo (la figura del museo) y la inventada (el álbum), nos hablan de ese campo problemático del ejercicio, siempre incompleto, siempre insignificante, siempre ruinoso de la conservación. Esta arqueología incompleta nos vuelve, por un momento, turistas de estos espacios doblemente musealizados acá en este álbum. Es un paisaje y un recorrido escenificado, es sincero en su ficcionalidad, nos dice; esta es un ficción necesaria. Construimos arbitrariamente espacios para el relato. Acá es todo un país y su historia, la conservación y escenificación desheredada de estos reductos de historia. No se burla de la idiosincrasia asociable a ese polvo de los objetos, la imperfección formal y estética de esas composiciones tras las vitrinas (los cuadros con luz ineficiente, los errores de las infografías) es otra cosa menos directa y más complejo.

    Hay un espesor en estas nuevas “ruinas”, son ruinas que nacieron como tal. Es la violencia silenciosa del tiempo escenificada, materializada. Cada capítulo es una sala, cada imagen es una pieza de ese museo que llamamos Historia, que son progresivamente degradados como imagen, interrumpidos. Se nos destituye la información y nos quedan solos estos fragmentos. Pero no son las pobrezas ni la amnesia de nuestra patria. Porque hay aquí algo cuidado, hecho desde el apego; porque no hacemos un álbum de un acontecimiento trágico, hacemos un álbum de aquello que amamos, para recurrir a la memoria en tiempos plácidos y compartirla actualizando ese relato que le dio alguna vez sentido y valor. Guardamos cariñosamente cada pieza, especialmente para el álbum. No es entonces esa otra crítica.

    Dice, aparentemente otra cosa, que el paisaje de Chile está permeado por esos síntomas de la relación entre la historia y la memoria incierta, cacofónica de ciertas figuras, hambrienta de patria, bloqueada y reinventada mil veces en el recuerdo. Nuestra identidad es la más carcomida de todas. Ante eso lo que queda es este otro relato conservado, vacío y polvoriento, pero aún continente de una especie de belleza y melancolía. En el paisaje chileno, los museos son la más grande sinécdoque.

    ¿Cuál es entonces la obra? Es el acto del lectura, este paralelo temporal puesto en tensión en el recorrido página a página. Si vimos la obra anterior de Sofía del Pedregal entendemos que en su dislocación, pasar de los espacios de la intemperie a los espacios de la conservación, se mantienen intactas las operaciones de composición y la deuda con el motivo que escenifica. Una forma de leer lo que somos, sin decirlo, trayendo las sensaciones, los espesores, los colores, las texturas de esas imágenes, que lo traen que están en la superficie de una verdad inaccesible.

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